Aprendizaje y envejecimiento son términos que no se suelen ver juntos, pese a que no hay duda de que su asociación es muy provechosa.

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Hace ya tiempo que el aprendizaje se dejó de asociar casi en exclusiva a la infancia y la juventud. Durante años, estas fueron las dos etapas de la vida que se orientaban al estudio. Por fortuna, hoy no es así. Todo lo referido al aprendizaje o, en un sentido más amplio, al proceso educativo, ha extendido su horizonte. El acceso a los datos y hechos es un rasgo de la sociedad actual. La formación es el mecanismo que permite seleccionar, ordenar, manejar y aprovechar el gran volumen de información del que se dispone en el siglo XXI. Una de sus señas de identidad es la velocidad a la que se producen cambios en el espacio social. De ahí que la ampliación y actualización del conocimiento sean indispensables para un óptimo desarrollo de la persona.

Aprendizaje y envejecimiento: una realidad actual

Los expertos afirman que el aprendizaje es el resultado de la reorganización mental que produce la relación con el entorno. Desde esta enfoque, se trata de un proceso inherente a la condición humana. A lo largo de la vida, el individuo se encuentra de un modo continuo con contingencias no previstas. Y embarcarse en nuevos aprendizajes es la mejor fórmula de adaptarse con eficacia a un ambiente en permanente transformación.

Y es que la edad avanzada no va ligada a la falta de interés por el cambio social. Al menos, así lo demuestra el alto número de mayores interesados por el uso de los espacios formativosLa educación y la formación mejoran la calidad de vida y contribuyen a prolongar la independencia y la autonomía. Son prácticas que no están reñida con la vejez. Por el contrario, deberían estar presentes si se aspira a que esta etapa sea más activa y saludable.

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