No quiero jubilarme, mi trabajo me divierte, afirma Bette Nash a los 80 años. Una cadena de noticias norteamericana difundía su historia en las redes sociales el pasado mes de marzo. Se trata de la azafata más veterana del mundo, tras casi seis décadas de vuelos ininterrumpidos. Su vocación fue muy temprana. A los 16 años soñaba con ser azafata y estrenaba su primer empleo a los 22. Disfruta cuidando de sus clientes y mostrándose amable en la ruta regular Washington National – Boston Logan, de American Airlines.

En los comienzos de la navegación aérea, relata, los aviones eran un medio de transporte lujoso y los pasajeros vestían elegantemente. Las azafatas debían ser muy delgadas, no les estaba permitido casarse o tener hijos y dejaban de volar a los 32 años. Por fortuna, eso no ocurrió conmigo; las normas cambiaron. Recuerda haber servido comida y bebida con guantes blancos; la vajilla era de porcelana, las copas de cristal y los cubiertos de plata. Ella era la única azafata a bordo, así que el trabajo resultaba muy duro. Pero las aerolíneas se modernizaron hace mucho. El mayor cambio, a su juicio, fue el tecnológico, que le supuso un desafío enorme. Pero todo evoluciona y nosotros también debemos evolucionar declara, satisfecha con su trabajo.

No quiero jubilarme: una opción minoritaria

Renunciar a la jubilación supone una opción minoritaria, pero existen ejemplos muy diversos de esta preferencia personal. En el ámbito escénico, abundan casos como los de Jane LittleNuria Espert o el cineasta Joan Mekas, este último noticia reciente por su visita a Madrid. Pero, al igual que Bette Nash, no es preciso pertenecer al mundo artístico para manifestar rotundamente no quiero jubilarme.

Florence Rigney, 91 años, es una enfermera que continúa en activo en el Hospital General de Tacoma, en Washington. Tao Porchon-Lynch, 98 años, imparte clases como profesora de yoga dos días a la semana en Nueva York. David Goodall, 102 años, es un científico australiano que investiga en el campus de la Universidad Edith Cowan. Loraine Maurer, 94 años, disfruta repartiendo hamburguesas a sus clientes y Filomena Rotundo, 100 años, trabaja en su tintorería once horas diarias, seis días a la semana. Todas estas personas, y seguro que otras muchas más, aunque anónimas, han optado por un particular modelo de envejecimiento activo que les hace dichosas. Felicidades a todas ellas.

 

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