Cuidar al cuidador de una persona mayor es una necesidad esencial, tanto desde el punto de vista social como humano. Se trata de una labor que implica, además de una gran carga emocional, dedicación intensa, renuncias personales y esfuerzo físico. Lograr que el cometido se lleve a cabo con éxito requiere reconocimiento, apoyo y contar con los recursos adecuados. Solo así se puede reducir el efecto negativo que conlleva una responsabilidad tan exigente.

La sensación de soledad constituye uno de los principales problemas asociados al cuidado. La reducción del contacto social, fruto de la extrema dedicación, puede derivar en situaciones de aislamiento, estrés o, incluso, problemas de salud mental. Y estas circunstancias no solo minan el bienestar del cuidador, también impactan en la calidad de la atención que recibe la persona mayor.

Cuidar al cuidador: el valor del cuidado informal

La atención familiar a personas dependientes, conocida como cuidado informal, sigue siendo en gran medida invisible. Se desarrolla principalmente en el ámbito doméstico y, al no estar remunerada, suele carecer de reconocimiento por parte de la sociedad. Sin embargo, su valor es incuestionable. Diversos estudios estiman que, traducidos en términos económicos, los cuidados informales representan entre un 3% y un 5% del Producto Interior Bruto en España. Por otra parte, la mayoría de este tipo de trabajo recae en las mujeres, muchas de ellas mayores de 55 años, lo que evidencia una clara desigualdad de género.

En el sur de Europa, incluido nuestro país, muchas familias prefieren cuidar a las personas mayores en el hogar, en lugar de recurrir a servicios profesionales, más habituales en el norte del continente. No obstante, la cercanía afectiva no garantiza por sí sola una atención de calidad si le faltan los medios adecuados. Por ello, son indispensable las políticas públicas que garanticen el bienestar del cuidador. No es tan solo de un acto de justicia, sino una condición básica para sostener un sistema de cuidados informales digno.