El miedo a envejecer nos perturba. Todo el mundo quiere vivir muchos años, pero nadie quiere llegar a viejo. Y la sociedad ignora la vejez. No deja de ser una paradoja que la frase ilustra bien. No es actual; es de Jonathan Swift, el autor de Los Viajes de Gulliver, que murió en 1745, próximo a cumplir los 78 años. No hay duda de que en su época era una edad avanzada. Siempre ha habido longevos; la diferencia con respecto al siglo XXI es que antes eran muy pocos. Y se daban sobre todo entre las clases más favorecidas; como en el caso de Swift, ya que era clérigo.

Hasta fechas recientes, alcanzar la vejez no ha sido fácil. Solo lo lograba una pequeña parte de la población. Entre otras razones, debido a la alta mortalidad infantil. En España, a comienzos del siglo XX, más de la mitad de los nacidos moría en los primeros años de vida; la probabilidad de cumplir 15 años era inferior al 50%. Al llegar a la edad adulta, una persona había visto morir a buena parte de su generación. Hace un siglo, conocer a los abuelos era un hecho excepcional; lo usual era perder a los padres antes del nacimiento de los propios hijos. Hoy, por el contrario, la mayoría de los niños convive con sus abuelos y abuelas y casi la mitad viene al mundo en vida de algún bisabuelo. No en vano, la esperanza de vida supera los 83 años.

El miedo a envejecer quiebra la empatía 

Para la OMS, el envejecimiento de la población es fruto del éxito de las políticas de Salud Pública. Las medidas de saneamiento e higiene y las vacunas, junto con la disponibilidad de alimentos, impulsaron el aumento de la esperanza de vida a finales del siglo XVIII. Y se ha convertido en un desafío al que la humanidad debe saber hacer frente. Pero el rechazo a la vejez, o gerontofobia, va en la dirección contraria. El edadismo campa a sus anchas y amenaza a los más vulnerables.

Las principales víctimas de la Covid-19 son las personas de más edad. Y muchos, no solo los jóvenes, parecen pensar: como yo no lo soy, no tiene que ver conmigo. Y reniegan de las medidas que previenen los contagios. Es cosa de los mayores, de la tercera edad, de los viejos, de los ancianos. Cada cual opta por el término que más le gusta; si bien, en función de cómo se use, más que definir, ofende. Piensan que son vidas ya amortizadas ¿O no? Y es que si se adopta ese supuesto se quiebra la solidaridad entre las generaciones. La humanidad ha hecho gala de esta práctica a lo largo de la historia. Aunque quién sabe si de aquí en adelante los valores que primen serán bien distintos. 

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