El cambio de hora afecta al cerebro. Y es que el reloj biológico se altera. A las dos de la madrugada ya son las tres y se pierde una hora de sueño. Quien más lo siente son los niños y los ancianos. Todos los años, el último sábado del mes de marzo se inicia el horario de verano. En teoría, se trata de adaptar la jornada de trabajo a las horas de luz. 

Sin embargo, los expertos no se ponen de acuerdo acerca de las ventajas que se derivan de la medida. En su origen, fue un modo de reducir el consumo de electricidad. Hoy, hay otras fórmulas para abaratar el gasto; por ejemplo, con el uso de aparatos más eficientes. En 2019, la Comisión Europea apoyó un proyecto para suprimir la norma. Pero la decisión no se ha tomado; al menos, por esta vez. 

Cómo el cambio de hora afecta al cerebro

No en todo el mundo se cambia la hora dos veces al año. Solo lo hace una séptima parte de los más de 7000 millones de habitantes del planeta. Dentro de Europa, Islandia y Turquía no la varían. Tampoco lo hacen en Sudamérica, salvo Chile y Paraguay. Afecta a Irán, Palestina, Siria y Jordania, aunque no al resto de Asia. Y son muchos los lugares que nunca lo han hecho, incluida la mayor parte de África.

En países como Australia, México o Estados Unidos la pauta se marca más bien por zonas o regiones. El Senado de este último aboga por poner fin a los cambios. Y se mantendrá el horario el verano que, al parecer, es lo que apoya la mayoría de la población.            

Por el contrario, la ciencia avisa de su gran impacto en la vida de las personas; considera dañino el aumento de las horas de luz. Hay en contra razones de salud, de seguridad y de orden económico. Y apuestan por el horario de invierno, que es el que más de ajusta al del sol. Entre otros problemas, las dificultades con el sueño se agravan. En este sentido, la Sociedad Española del Sueño es tajante y nos advierte de los riesgos, que no son pocos. Está por ver si el reloj marcará un día la hora exacta.  

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