Neuroderechos es el título de una obra de Rafael Yuste, un experimentado investigador de las funciones cerebrales. Nació en Madrid, en abril de 1965, y la ciencia le interesó pronto. De muy niño, pidió a los Reyes Magos un microscopio y, al año siguiente, un juego de química. A los dieciocho años, su padre le regaló un libro de Santiago Ramón y Cajal. Se titulaba Los tónicos de la voluntad: reglas y consejos sobre investigación científica. Y con él descubrió la pasión por un órgano tan admirable que Shakespeare denominó como su majestad el cerebro.

Estudió Medicina en la Universidad Autónoma de Madrid y al finalizar se inclinó por el trabajo de laboratorio. Quería conocer a fondo la fisiología cerebral. Le alentaron a doctorarse en el extranjero y así lo hizo. Lleva más de 40 años en la Universidad de Columbia, en Nueva York, donde dirige el Centro de Neurotecnología

Legislar sobre neuroderechos

A lo largo del libro, el autor relata tanto su vida profesional como sus descubrimientos en el ámbito de la Neurociencia. Pero no concluye ahí. En paralelo, desvela el modo en que el mejor conocimiento del código neuronal se ha convertido en una amenaza. El riesgo no proviene del saber acumulado. Lo que entraña peligro, y mucho al parecer, es el uso de la tecnología asociada a la mayor comprensión sobre el órgano que genera el pensamiento

La emergencia del problema lo encaminó a un terreno ajeno, en principio, a sus competencias. No es otro que el de los derechos humanos, que salvaguardan la dignidad de las personas. La tarea no fue fácil. No obstante, ha sabido mostrar a nivel internacional la necesidad de legislar acerca de tan delicada cuestión. Es el mejor medio de asegurar la protección de las funciones cerebrales ante el avance de unas herramientas que ponen en peligro la privacidad de la actividad mental. En la actualidad, al menos durante la mitad del año, Rafael Yuste impulsa en Madrid esa labor