La culpa es de los viejos, que viven demasiado/demasiado bien. El nuevo edadismo. Así titula Irene Lebrusán un artículo en CENIE, dentro de la sección Envejecer en sociedad. Y es que no solo se desaprueba el aumento de la esperanza de vida, sino las condiciones que envuelven esta última etapa. Sin duda, es un grave error. 

Primero, porque vivir más es un logro del desarrollo social que atañe a toda la población; segundo, porque es de celebrar que el bienestar acompañe a los años añadidos a la vida. Sin embargo, no parece ser esta la visión de quienes achacan los males de hoy a las generaciones que ya han traspasado la edad de la jubilación. Casi un cuarto de siglo después, se difumina cada vez más la visión de la OMS en la II Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento

La culpa es de los viejos; no, rotundamente no

El edadismo se ha transformado. Y ha pasado de infantilizar a los «abuelitos», de ignorarlos, o despreciarlos, a tildarlos de barrera para los jóvenes. Los responsables de todos los problemas parecen ser los mayores: bajos salarios, dificultades de acceso a la vivienda o cambio climático, entre otros. Pero hay una atribución más peligrosa aún: achacar la precariedad de los jóvenes al coste de las pensiones. Sin analizar el origen de la desigualdad, ese mal que corree el bien común; el sistema económico o el interés de las finanzas.  

La magnífica crónica de Lebrusán concluye con la cita de un conocido precepto: «Si quieres llegar más rápido, ve solo; si quieres llegar más lejos, ve acompañado«. Es un buen recordatorio de la vulnerabilidad humana. Necesitamos ayuda recíproca: jóvenes de viejos y viejos de jóvenes. De un modo u otro, todos experimentamos la fragilidad en algún momento de la vida. Somos seres sociales. Y la individualidad a ultranza es un riesgo para la persona, nunca un apoyo.  

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