Vivir en una residencia geriátrica es la razón por la cual Soledad Hernández Gabriel protagoniza en agosto esta sección. Vivir en una residencia no es una condición inusual en personas de edad avanzada; sin embargo, lo que convierte el hecho en desacostumbrado es la decisión de Soledad de ingresar en el centro voluntariamente. Convencer a su única hija de que aceptara sus deseos no le resultó fácil; sus nietos gemelos, chico y chica, de 31 años actualmente, también rechazaban la idea. Le ofrecieron otras opciones, como trasladarse a vivir con ellos o continuar en su propio hogar con la ayuda de otra persona; pero ella tenía tres premisas irrenunciables: estar con gente de su edad, contar con ayuda médica y no entorpecer el ritmo de vida de los suyos. Aunque fue una medida difícil de adoptar, tras insistir durante meses, su firme determinación terminó por persuadir a toda la familia, según cuenta ella misma.

“Cuando murió mi marido estuve cuatro años viviendo en mi casa, pero veía muy mal y eso me imposibilitaba demasiado. Cada vez podía hacer menos cosas sola. Les dije que me venía aquí y ninguno quería. Mi nieta vivía entonces en Irlanda y dijo que se venía a cuidarme. Pero les convencí y ahora no les pesa, porque saben que estoy bien”.

Una degeneración macular asociada a la edad disminuyó considerablemente la autonomía de Soledad. Las dificultades de visión la obligaron a abandonar actividades que realizaba gustosa; entre otras, los talleres de memoria, donde descubrió su habilidad con los números: le apasionaba resolver sudokus. Como suele ser habitual en muchas personas mayores, tras su interés por cultivarse se esconde el dolor por la ausencia de oportunidades educativas en la infancia.

“Nací en 1926. Diez años tenía cuando estalló la guerra. Mi hermano mayor se fue al frente. No pude volver a la escuela… tenía que cuidar las ovejas. A la hora de ir, lloraba: ¡quiero ir a la escuela!, decía. Y mis padres, que eran personas que querían que sus hijos aprendieran… pues, llorarían por otro lado”.

El día a día de vivir en una residencia

Los geriátricos no parecen estar especialmente orientados hacia el entretenimiento y recreo de sus residentes. Vivir en ellos, en principio, no parece ser muy estimulante. Pero Soledad asegura no aburrirse. Atenta con los demás y siempre de buen humor, se muestra conforme hasta con la comida, frecuente motivo de queja en este ámbito.

“Gracias a Dios, que hoy hay residencias, porque los que estamos aquí no tenemos 15 años. ¿Cómo estarían fuera muchas de estas personas? Nos atienden bien y eso debemos agradecerlo. Antes se decía: mira lo han llevado al asilo; pero esto no es igual”.

“Si quieres, no paras: todo el día ocupada. A mí, me encanta. Las que vemos peor hacemos una especie de puzzles; también voy a gimnasia. Ahora vengo de hacer unas pulseras con la fisioterapeuta; las hago con el tacto, más que con la vista. Ella me dice: ni me das ocasión de deshacerte ninguna, ¡no te equivocas!”

“Hay personas un poco renegadas… Nada les gusta, pero es porque no están conformes con estar aquí. A mí no me pasa… Todo el mundo me saluda y me dice cosas. ¿Que tal, Sole? ¿Cómo estás, Sole? Algunos se quejan de la comida… Esto no está bueno… Y yo pienso: si la comida la tienen que hacer para doscientos, pues no puede ser igual que en casa. Yo no me quejo… Nos dan bastante variedad…”

“La comida nos la da una chica que es muy maja y lo hace muy bien. Cuando acabamos le digo: María voy a ayudarte a recoger las mesas. No sé si la ayudo o la molesto… Pero ella me trata muy bien. Yo podía decir: me voy y no hago nada… pero es que soy así: pienso que para recibir… hay que dar.” 

La seguridad de vivir en una residencia

Han transcurrido cuatro años desde que Soledad Hernández Gabriel ingresara en una residencia geriátrica. La discapacidad visual y el paso de los años la hacen sentir gradualmente más frágil y vulnerable. Recuerda con cariño su pueblo, Olmedo de Camaces, en Salamanca, donde sigue en pie la antigua casa familiar, pero viajar le supone un esfuerzo cada vez mayor y se resiste a visitarla. Ella prefiere mantener sus rutinas habituales, alejadas de imprevistos temidos.

“Los domingos salgo a comer con mi hija y mis nietos… eso me gusta. Pero al pueblo ya no quiero ir. Allí sigue la casa, que la hemos reformado. Es que yo… ya no estoy para eso. El viaje es largo y, además, me pongo mala ¿y qué haces? Aquí enseguida te atienden, pero allí… me da miedo. No es que no me guste ir, que sí… Cuando uno es joven no se pone nada por delante, pero, poco a poco…”

Desde aquí, deseamos a nuestra protagonista que siga satisfecha con su medio de vida actual durante mucho tiempo; un ambiente que ella percibe como protector y que todos necesitaremos algún día. ¡Un fuerte abrazo, Sole!

2 Respuestas

  1. Lola

    En la libertad está la clave. En la libertad para escoger.

    • Concha Aparicio

      Cervantes lo decía por boca de Don Quijote. “La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos”.